Anaranjamiento

En algún rincón del tercer piso de casa en Manacor debe haber un telescopio. No lo usé mucho pero imagino que me medio gustaba contemplar, al menos a simple vista, el cielo nocturno de un negro profundo lleno de luces cósmicas. Un firmamento lleno de riqueza donde se podía mirar al infinito y descubrir la Vía Láctea o otras nebulosas lejanas. Eran noches de gran magnitud y oscuridad.

¿Dónde están las estrellas?

¿Dónde están las estrellas?

Ahora, con la contaminación lumínica propagada en todas partes, nos hemos cargado la negrura del cosmos y hemos perdido a los astros. El cielo ya no excita, pero preocupa. Ahora ya no hay ninguna estrella fugaz a las que pedir un deseo. Nuestros ojos no ven nada en noches deslumbradas. Ahora es habitual ver cielos anaranjados cortados por las siluetas de los rascacielos. La primera noche que contemplé este anaranjamiento me preocupé pero este color extraño no es signo de incendios forestales, es de otro incendio: el de los combustibles que queman sin parar en las centrales térmicas para generar electricidad. Este gozoso fuego es tan grave o más que los ocasionales incendios en los bosques porque es constante, noche tras noche y día tras día; implica desperdiciar recursos energéticos, aumentar sin sentido las emisiones de CO2 a la atmósfera, desestabilizar el clima; y, además, corrompe y prostituye nuestras noches, privándonos de oscuridad. Pero lo seguimos mirando, en el cielo, como una costumbre, sin asombro ni nerviosismo. Si es que somos, parafraseado a Rosa Montero, el "Homo Pasmado".

Nos preguntamos cuál es el germen de todo esto y figura como segundo culpable –después de la quema de propano y sus compañeros– el exceso de alumbrado de las calles, al que se ha sumado la iluminación exterior de otros espacios como comercios y hoteles. Todas nuestras urbes se han visto llenas, en mayor o menor medida, de edificios demasiado iluminados, faros de luz dirigidos a la bóveda celeste como los focos ficticios de la 20th Century Fox y paneles de publicidad alumbrados. En pocos años esta clase de tendido eléctrico decorativo y prescindible se ha extendido hasta los confines de la tierra.

Mientras no se entienda qué es la superabundancia de alumbrado, mientras no se le dé la importancia que tiene el despilfarro de recursos energéticos y mientras se siga admitiendo irreflexivamente este plan, la contaminación lumínica mantendrá nublado el cielo y perspicazmente nos privará de la esencia y el misterio de las noches estrellada.

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