La buena esposa

Hace unas semanas estaba viendo un episodio de The Good Wife, un drama que estuvo en antena desde 2009 hasta 2016, sobre una mujer que reinicia su carrera como abogada 14 años después de tener un hijo y haber dejado su trabajo para centrarse en su familia. Cuando entrega su carta de dimisión y anuncia a su jefa (mujer) que está en estado de buena esperanza, esta le dice que no debería dejar el bufete por el mero hecho de estar en cinta y que podía ser madre y abogada al mismo tiempo. Que no tenía que elegir. A esto la embarazada le responde que “No quiero elegir... No tengo que demostrar nada a nadie. O, si tengo que hacerlo, no me interesa”. Estas palabras se quedaron conmigo durante unos días. ¿Por qué estaba tan sorprendido con su decisión? Hizo una elección que miles han hecho antes, así que, ¿por qué me pareció tan intrigante?

Uno de los principales objetivos de las feministas parece ser luchar contra la idea del hombre como única fuente de ingresos económicos de la familia. En la última década ha habido un aumento significativo en el número de padres (hombres) que se quedan en casa renunciando a sus oficios mientras que son sus esposas las que van a trabajar. Hay muchas mujeres que curran y son madres al mismo tiempo, lo que demuestra que lo que decía la moza del principio es cierto, que las mujeres no tienen que elegir. Sin embargo, una consecuencia de esta lucha contra los estereotipos de género es que parece que se ha perdido el respeto por las que sí eligen.

Cuando una mujer decide ser una madre no trabajadora, se la ve como arcaica, antigua y como si no hubiera evolucionado (y en consecuencia se tacha a su marido de machista y retrogrado). Algunas incluso la acusarán de obstaculizar el progreso del feminismo. En esta sociedad se espera que todas las mujeres rompan el maldito -y, a veces, imaginario- techo de cristal, que demuestren que pueden ser el sostén de la familia, que demuestren que pueden hacerlo todo. De hecho, parece que se ha olvidado que algunas ni quieren hacerlo todo.

El feminismo no se trata de que cada mujer trabaje y cuide a sus hijos al mismo tiempo, se trata –en mi humilde opinión- de elegir, de tener la libertad de tomar una decisión. Y, lo que es más, la opción elegida no hace a una mujer ni más o menos feminista ni más o menos hembra.

La igualdad no significa más derechos. No debe haber derechos de los hombres o de las mujeres, así es como creamos diferencias. Leo que según el Gobierno navarro de Uxue Barkos canciones como “Contigo” de El Canto del Loco, “Sin tí no soy nadie” de Amaral, “Tenía tanto que darte” de Daconte o “Un violinista en tu tejado” de Melendi promueven el sexismo y que deben extinguirse por “fomentar la violencia contra la mujer” e inmediatamente pienso que el movimiento feminista ha ido demasiado lejos porque, para mí, si de algo pecan esas canciones es de ser demasiado pegadizas y azucaradas. Quien firma estas líneas no entiende qué violencia pueden provocar versos como «mi alma, mi cuerpo, mi voz, no sirven de nada, sin ti no soy nada» o «tenía tanto que darte, tantas cosas que contarte».

Estoy seguro de que ha escuchado “no puedes ser feminista si…" hace relativamente poco. Parece estar en todas partes y cada vez lo odio más y más. El feminismo es la creencia en la igualdad social, económica y política entre hombres y mujeres. Punto y final. Sin peros ni pies de notas. Fin. Esta sociedad debe parar de poner parámetros sobre lo que las feministas, o mujeres en general, pueden hacer o ser.

Tal vez sea que todo esto ha llegado demasiado lejos y que hayamos perdido el poco norte que nos quedaba…