Madame Caballé

La soprano Montserrat Caballé i Folch, fallecida este sábado 6 de Octubre a los 85 años en su ciudad natal, nació el 12 de abril de 1933 en Barcelona. De orígenes familiares modestos, su gusto por la música se lo transmitió su madre y desde los ocho años asistió a representaciones operísticas en el Liceo para más tarde ingresar en el Conservatorio. Debido a los problemas económicas de su familia, que incluso fue desahuciada era ella cuando niña, tuvo que compaginar sus estudios con diversos trabajos. En 1953 actuó por primera vez en el Liceo. En 1956, sus mecenas costearon los gastos de un viaje a Italia para Caballé. Debutó como cantante profesional en enero de 1962 y tres años después sustituyó a la mesosoprano Marilyn Horne en el Carnegie Hall, en Nueva York (Estados Unidos). Su éxito fue clamoroso y recibió una larga ovación que le abrió los teatros de todo el mundo. 

Está es la Madame Montserrat Caballé que todos debemos recordar hoy. La ovacionada y respetada. La admirada y querida. La talentosa y simpática. No es la Caballé esperpéntica la que debe ser recordada. Con eso de esperpéntica quiero decir la evasora fiscal de Montserrat Caballé; Montserrat Caballé, la pareja gorda de un joven Freddie Mercury; o Montserrat Caballé: protagonista de un ridículo anuncio navideño.

Caballé siempre tuvo unos sesenta años. Cuando era joven y cuando era anciana. El pelo azabache y su moño –o comoquiera que se llame– lo disimulaba. Niña de posguerra, emigrante a Alemania y Suiza. Y gorda. Y gorda seguramente a mucha honra por la hambre que había pasado de niña y que no quería volver a pasar. Se pueden contar con los dedos de una mano las veces que he escuchado a Caballé pero cuando ajusto cuentas con ella, me sale a pagar. No me sale a devolver. No escribo yo desde el fanatismo, pues no lo era, pero escribo desde la admiración por una grande. Caballé llevó a España por todo el mundo con su voz pero el problema, uno de ellos quiero decir, de este país es que no admiramos a los nuestros, a los nacionales. Seguramente será ahora, una vez muerta, cuando sea idolatrada porque no hay ni profeta en su tierra ni muerto malo –lo que no deja de ser gracioso y estremecedor al mismo tiempo. Si no me creen, miren las redes sociales y verán como se inundan ahora de fotos y videos suyos, o lean el periódico estos días y verán desfiles de políticos asistiendo a su funeral, porque aunque no la defiendan y parezca que a ellos, a los gobernantes de este país, les importa un bledo –por no ser mal hablado–,  todos aman la cultura.

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Recordemos a María de Montserrat Bibiana Concepción Caballé i Folch como la única que le disputó a la también soprano griega María Callas el título de “la más grande del siglo XX”.

Caballé fue una gran soprano pero también era una prodigio de la música, a quien algunos errores y malas decisiones desdibujaron aún así estando dotada de una voz suave, viva y energética. Tiene Caballé un puesto asegurado en el Olimpo de la ópera.