William Smyth

Hace unas semanas asistí a una obra de teatro sobre enfermedades mentales. No era un teatro normal, su entrada fue difícil de encontrar porque tenías que bajar a unas de las pocas criptas de Londres, las de la iglesia de San Páncreas. Antes de que los actores hicieran su trabajo, uno podía pasear por las catacumbas, rodeado de lápidas y seguramente de esqueletos. Una de estas lápidas me llamó la atención, la de William Smyth, quien había nacido el mismo día que yo, 12 de febrero, pero ciento sesenta y cuatro años antes. Pensé de pronto en la muerte y en la vida. Nacer es una carrera, pero aceptar que nuestra existencia es finita es un éxito.

Necesitamos calor porque salimos de un cálido vientre. Necesitamos agarrarnos a la vida, nacemos con el instinto de alimentarnos. Necesitamos afecto. Cada bebé que nace es un milagro, de fragilidad y de fuerza. Es una realidad y también es una promesa, es futuro.

Después hay (o, mejor dicho, llega) la muerte, que es siempre inesperada aunque haya diagnósticos. Nadie puede decir a un enfermo cuantos minutos de vida le quedan. Ninguna persona puede saber cuánto tiempo vivirá. Apenas la semana pasada lo vi en el cine, decimos. Apenas hace quince días que comimos juntos... Y repetimos el "apenas", como si la vida pudiera ser controlada.

No sé cuántos lectores seguirán leyendo este artículo a estas alturas, porque no queremos pensar en estas cosas. La ceguera con la que transitamos y la casi imposibilidad de los médicos de decir en buen español que tal persona se muere, hacen que este hecho inevitable nos coja por sorpresa, mientras al moribundo se le oculta la verdad pensando que la ignorancia es una bendición. Yo creo que todos quisiéramos saber si nos estuviéramos muriendo. Y también quisiéramos que la gente que nos importa lo supiera.

Decidir morir sin ayuda médica es un suceso terrible que nos preocupa a todos. Sólo en los siete países donde la eutanasia es legal, las personas que buscan ayuda mueren dignamente. A veces, la única esperanza que le queda a alguien ser feliz es la muerte, ese alguien tiene derecho a hacer uso de ella como y cuando quiera. Depender de una máquina para sobrevivir, hacerlo pasando de una cama a una silla, viviendo atrapado en una casa, está inmóvil en cama día tras día, decenas de años, cientos de meses, miles de días, cientos de miles de horas, millones de minutos... Piense usted si calificaría alegremente como humano caritativo, cruel, justo o injusto a la persona que obliga a vivos una vida así o quien ayuda a salir. ¿Dónde está la injusticia?

Muerte y vida son dos caras de una misma moneda y están íntimamente relacionadas. Para morir hay que vivir y vivir implica que a la larga se va a morir. Y no lo digo yo, lo dice el gran Jorge Luis Borges: «La muerte es una vida vivida. La vida es una muerte que viene».

*Artículo publicado en la revista 7Setmanari (31/10/2018)