Tampones y compresas libres

Hace unas semanas estaba en Boots, la farmacia de los ingleses, haciendo cola para imprimir unas fotos (sí, lo han leído bien y no estoy loco: en Boots venden desde ibuprofenos hasta sándwiches, pasando por bebidas, jabón, maquinillas de afeitar y revistas). Como había una mujercita rubia eligiendo qué fotos de su viaje familiar al sur de Francia quería para enmarcar y colgar en el salón de casa (después de más de 15 minutos de espera uno sabe quién estaba en esa estaba escapada y dónde), me coloqué enfrente de la estantería de tampones y compresas. En un momento dado escuche un “excuse me” y me moví. Era un hombre, de no más de treinta años, buscando entre las baldas las compresas que su novia, imagino, le había enviado por WhatsApp. Me pareció extremadamente romántico y gracioso, llámenme sensiblón (y, si quieren, cotilla) pero es así… el caso es que sin saber demasiado cómo me puse a mirar los precios.

Pregunta rápida: la última vez que fue a un baño público o al baño de la escuela o el trabajo, ¿cuánto pagó por el papel higiénico que uso? Permítame responder: no pagó nada. Probablemente nunca haya tenido que pagar por usar un poco, o mucho, de papel higiénico.

Por razones sanitarias, nosotros –como sociedad– sabemos que después de ir al servicio hay que limpiarse el culo. Por razones sexistas, no prestamos la misma consideración a las niñas y mujeres que no quieren manchar de sangre la ropa y los muebles o no quieren tener que enfrentarse a problemas de salud por no cuidar adecuadamente su menstruación. Va siendo hora, por muy gracioso que sea que esto salga de la boca de un varón, que los productos femeninos sean considerados como una necesidad básica, muy básica.

Ese es otro estrés y gasto adicional en la vida de una mujer que, queridos, los hombres simplemente nunca tendremos que experimentar. Algunas féminas usan un solo tampón o compresa durante demasiado tiempo porque no tienen dinero para comprarse todos los que hacen falta. Otras cogen un montón de papel higiénico, lo pliegan y lo usan como compresa. Todo esto por ni hablar de las mujeres sin hogar, las sintecho. Las leyes no incluyen estos productos en la lista de productos médicos exentos de impuestos sobre ventas y lujo. En algunos países, los tampones tienen un impuesto de hasta el 20 por ciento y se consideran un bien de lujo. 

Tal vez piense, “Bueno, las compresas no pueden ser tan caras.” Bueno, en los Estados Unidos, casi una de cada cinco niñas de entre 12 y 17 años vive en la pobreza y, a un precio de $7-10 por paquete más impuestos, hay muchas familias que no pueden permitirse el lujo de proporcionar estos productos a sus hijas. Las mujeres gastan alrededor de $70 por año en toallas sanitarias y tampones. Y, de media, una mujer compra y tira alrededor de 11,000 tampones a lo largo de su vida.  

En este momento, Austalia está liderando el camino: ha eliminado el impuesto del tampón. En agosto de 2017, Tesco (el Mercadona inglés) se convirtió en el primer supermercado del Reino Unido en eliminar el IVA del 5% del impuesto sobre los tampones, lo que significa que los clientes no tiene que pagar más por los productos sanitarios. Waitrose (lo que vendría ser en España el supermercado de El Corte Inglés) ahora también paga el Impuesto de Tampones en nombre de sus clientes, haciendo que estén disponibles a un precio más barato en sus tiendas. En Escocia, los productos sanitarios están disponibles gratuitamente en escuelas, universidades y colegios. En España, el proyecto de Presupuestos Generales del Estado para 2019, aún sin firmar ya que por su incompetencia ni tenemos gobierno, incluye la rebaja del IVA en productos de higiene femenina, como compresas y tampones, desde el 10% actual hasta el tipo super reducido del 4%. Una medida que ya fue avanzada por la ministra de Hacienda, María Jesús Montero, suponiendo una reducción de los ingresos de 18 millones de euros.

No escribo esto desde un punto de vista feminista, pero el problema es que a las mujeres se les ha cargado con un impuesto por el simple hecho de ser eso, mujer. La mujer, de promedio, tiene la regla durante 2,535 días de su vida. Son casi siete años de comprar tampones y compresas, o de encontrar una solución improvisada y controlar el dolor y la incomodidad.