Ruanda

No pretendo ser Pérez-Reverte, vaya dolor de cabeza, pero hoy les quiero hablar de Ruanda, ese país en África, sin salida al mar y manchado de sangre. Ese país del que nadie sabe nada y, peor aún, del que nadie quiere saber qué pasa ni qué pasó. Así somos nosotros.

El tema es que el pasado 7 de Abril se cumplieron 25 años, una vida, del genocidio de Ruanda, ese que en cien días terminó con la vida de 800.000 personas. El desconocido exterminio de Ruanda es una disputa etnopolítica que se coció a fuego lento en esta nación Centroafricana y que alcanzó su punto de ebullición después de décadas de haber estado en la cacerola. En sólo cien brutales días, entre 800.000 y un millón de Tutsis (uno de los tres pueblos habitantes en Ruanda) fueron asesinados a manos de sus vecinos Hutu (la otra raza en la zona) en un genocidio devastador en el que un 70% de la población Tutsi fue eliminada, asesinada, violada, humillada y torturada. La comunidad internacional se quedó estupefacta (y sin hacer nada, imagino que por el shock) no sólo por la escala del holocausto pero también por la brutalidad de los hechos. Los signos de tortura antes de clavar los machetes, esos cuchillos enormes típicos en África y Sud-America, eran evidentes, duros y crueles. 200,000 mujeres fueron violadas y, en el mejor de los casos, abandonadas embarazadas y, en el peor, con VIH o desgarros internos que les provocarían una dolorosa y lenta muerte.

Las raíces del conflicto entre Hutus y Tutsis se remontan al dominio colonial. Los ocupantes belgas favorecieron a los minoritarios Tutsis causando el resentimiento de los Hutus. Esto provocó la también ignorada Revolución Campesina Hutu de 1959, que provocó el exilio de cientos de Tutsis dando involuntariamente el control político a los Hutus.

El 6 de abril de 1994, un avión que transportaba al presidente ruandés Juvenal Habyarimana fue derribado; y el presidente asesinado. El gobierno Hutu afirmó que los populistas Tutsis del Frente Patriótico estaban detrás del ataque, mientras que estos acusaron a los extremistas Hutus de intentar frustrar un acuerdo de paz. Mientras tanto, los Hutus utilizaron la muerte de Habyarimana como excusa para eliminar a los Tutsis: una hora después del accidente aéreo los soldados del gobierno, junto con la infame milicia Hutu, comenzaron la sangrienta matanza. Los asesinatos empezaron en la capital pero se extendieron rápidamente por todo el país con la ayuda de milicianos animando por radio (no por televisión, eran otros tiempos) a los Hutus a “eliminar las cucarachas”. Las guerrillas establecieron barricadas y los Hutus armados con machetes iban de aldea en aldea, puerta a puerta, a torturar y matar a hombres, mujeres y niños Tutsis. Los vecinos se mataban entre sí. Los amigos se mataban entre amigos. Las familias se dividían por ríos de sangre. Sacerdotes y monjas mataban incluso a los que buscaban refugio en las iglesias. No había piedad. Otros Hutus, unos 100.000, fueron también asesinados por ser simpatizantes del otro bando. Vaya, lo que es una guerra civil, no hace falta lo explique. El vaso estaba lleno a rebasar. El Frente Patriótico, respaldado por el ejército ugandés, recuperó el control del país a principios de julio, poniendo fin a la carnicería. El gobierno Hutu y las milicias huyeron a el Zaire (ahora República Democrática del Congo), junto a dos millones de civiles Hutu.

A diferencia de los genocidios anteriores, como el Holocausto, la comunidad internacional tenía pruebas de la que se estaba cocinando. Y cuando la ebullición empezó, no hicieron nada. Cuatro años después del genocidio, el presidente de turno de los Estados Unidos y el secretario general de la ONU, también de turno, se disculparon con las víctimas por no intentar evitar las atrocidades cometidas.

*Artículo publicado en Diario de Mallorca (10/4/19)