Los complacientes

Recientemente me disculpé con una paloma. Estaba caminando a lo largo de Holloway Road, en Londres, cuando paseaba frente a mí. Me moví a la izquierda, se movió a la izquierda. Me moví torpemente hacia la derecha, me siguió hacia la derecha. “Disculpe, lo siento mucho”, murmuré antes de adelantarla con cuidado. Digo “lo siento” en muchas ocasiones. Digo “gracias” tantas veces. Sé que alguna vez he susurrado “gracias, lo siento” después de pedir un vaso de agua a un camarero. Otras frases populares en mi léxico diario son “gracias por acordarte de mí” (normalmente significa: ¿por qué me envías esto por correo electrónico/WhatsApp?), “tomar algo sería fantástico” (a menudo se traduce como: no quiero quedar contigo), “me encantaría hacer esto” (o: realmente no quiero hacerlo, pero la idea de decir no y tener que lidiar con una sensación incómoda mientras espero tu respuesta, seguida del pánico que sentiré durante días por creer que me odias por decirte que no, es mucho peor que hacer lo que realmente no quiero hacer y tú quieres que haga).

Uno de mis métodos favoritos de auto tortura es imaginar todas las cosas horribles que la gente pueda decir sobre mí a mis espaldas. Me enfado pensando en insultos específicos que conocidos en concreto podrían decir acerca de mí para luego pensar en maneras de evitar que piensen esas cosas. Debo decir que a menudo es gente que creo que ni sabe mi apellido o amigos que, si lo son, no he visto en años. Una vez le dije a Carmen, mi curandera energética, que me había imaginado una sala de reuniones llena de gente a la que no conocía poniéndome a parir. “¿Sala de reuniones llena de personas que no conoces?”, dijo, “Creo que es la cosa más narcisista que he escuchado en mucho tiempo”.

Esta obsesión opresiva con gustar —la tiranía de ser querido— puede deberse a la baja )autoestima, pero es una búsqueda narcisista. Y no es sólo algo trivial. Es una preocupación que envenena la personalidad, diluye la identidad y bloquea la ambición. Es, tristemente, una ansiedad tipicamente juvenil. No sólo debemos lograr mucho y de manera eficiente, sino que debemos hacerlo mientras somos los mejores amigos de todos, dos actividades completamente diferentes que a menudo son incompatibles.

Escribir este y muchos otros artículos es como una terapia para gente como yo, complacientes. De vez en cuando tengo que enfrentarme al hecho cotidiano, a través de las reacciones en la vida real o en línea, de que simplemente no gusto a alguna gente. No es que no me entiendan o que estén celosos de mí; simplemente no me quieren, no les gusta mi manera de escribir, mi humor, mi estilo de vida o lo que tengo que decir. Aceptar esto como algo inevitable y ver que no es un defecto mío es una experiencia a veces triste, pero casi siempre liberadora.

Una vez escuché una hermosa metáfora que comparaba una infancia amorosa con una olla indestructible llena de oro que vive en el adulto. Creo que la autoestima es un tesoro similar al cofre del botín. Hace unos días un amigo me envió a través de Instagram (seguramente el peor lugar para los complacientes) una frase que leía que “la peor prisión en la que la gente puede vivir es en el miedo de lo que los otros piensan”. Creo recordar que es del conferenciante y exjugador de fútbol inglés David Icke. Ser querido por todas las personas que conoces en tu vida es algo que no solo es imposible, sino que tampoco creo que sea saludable: significa que puedes ayudar y caer bien a todo el mundo, lo que te convierte en un esclavo a disposición de sus deseos. Me temo que no demuestra nada más.

Necesitamos cambiar nuestro enfoque de hacer que los demás se sientan bien a comportarnos de una manera que creamos que sea la correcta, independientemente de lo que crean los otros. Sólo cuando hayamos hecho eso podremos comenzar a sentir algo que nos da aún más confianza, incluso más seguridad, incluso más satisfacción que ser querido… algo así como libertad.

*Artículo publicado en Diario de Mallorca (03/08/19)