Londres, mi hogar

Una vez cada pocos meses me pregunto por qué Londres, por qué vivo en Londres, por qué elegí conscientemente Londres como mi segundo (o primer) hogar. Hace poco, mientras esperaba el tren, vi una rata del tamaño de un conejo y el peso de un cerdo. No recuerdo la última vez que fui en metro sin tener mi nariz metida en la ingle o axila de un extraño. La semana pasada me cobraron £4 por un “café con leche de cúrcuma” que esencialmente era una taza de curry lechoso. El precio del alquiler de una habitación a veinte minutos en metro del centro es el mismo del de un piso de dos habitaciones en Mallorca. Salir a cenar significa hacer cola, como si estuviera en un comedor escolar, para luego compartir un ravioli entre dos por £40. Londres es un agujero sucio, apestoso, sobrevalorado, sobrevaluado y sobrepoblado, pero ahora Londres es mi hogar.  

Por suerte tengo dos rutas para escapar de ésta cloaca. Uno de mis mejores amigos, Harrison, es de un pueblo idílico en Norfolk. Cuando va a visitar a su familia, me encanta ir con él. Me gusta escaparme del bullicio de Londres yendo a un lugar en el que siempre hay la misma gente trabajando en el supermercado, en el que los vecinos se conocen y se saludan. Me gusta ir a ese pueblecito en el que no hace falta hacer cola para cenar o en el que, en un viernes noche, no se tiene que pagar sólo para entrar al bar. Mi otra vía de escape es Reigate, otro pueblo a media hora de Londres que, diría yo, es un suburbio sin tanta gente de la capital. Me alivia, de vez en cuando, visitar a Maureen, Alex y David e ir al pub a comer un asado de domingo con su Yorkshire Pudding y gravy. A veces parece que Londres te morderá y tragará, pero también te volverá a vomitar de una sola pieza. 

Viviendo y estudiando en Londres he llegado a un lugar de satisfacción general, pero unos días en la casa de la hermana de Harry o un domingo con Maureen me hacen pensar si Londres es el lugar adecuado o no. Hace unos meses pedí plaza en cuatro universidades del país para dejar Londres. Recibí ofertas de las instituciones de Norwich, Birmingham, Nottingham y Lincoln para finalmente rechazarlas a todas cuatro. Me pregunto constantemente si fue una buena idea decidir seguir estudiando en este lujoso vertedero y la respuesta es siempre afirmativa, aunque seguramente me vuelva a arrepentir en menos de un mes, cuando Harrison y yo tengamos que encontrar un piso de dos habitaciones, con una cocina decente, un baño que no nos recuerde a Juego de Tronos y a menos de dos horas en metro de la universidad por un precio razonable. Siempre me he considerado un poco nómada, no me gusta que las cosas no cambien. Fui a tres escuelas diferentes. He vivido en dos residencias de estudiantes diferentes en dos años. Me gusta pensar que soy alguien en movimiento. Estar en movimiento significa que nunca te quedarás atrapado en una rutina infeliz. Estoy fascinado por el rumor de que el actor Bill Nighy no tiene un hogar permanente y se muda de hotel a hotel y me alucinó leer que la actriz Gaby Hoffmann creció en el Hotel Chelsea de Nueva York, corriendo por sus largos pasillos. Me embruja la idea de correr por el mundo. Me seduce la idea de probar muchas casas diferentes. Me interesa conocer a un montón de gente diferente. Me atrae probar comidas diferentes. Me hechiza el tener muchas amantes diferentes. 

Sea como sea e independientemente de cuántas veces me arrepienta de mi decisión, cuando mi tren llega a casa, serpenteando rápidamente a través de Londres hasta llegar a la estación de Victoria, recuerdo por qué vivo aquí. Al pasar por las calles de Islington percibo un enorme sentimiento de pertenencia. Es una verdad, y un cliché, pero el paisaje externo rara vez puede transformar una vida interior por completo –no me convertiría en una persona diferente si viviera en el campo o en un pueblecito, todos mis defectos y temores me van a seguir vaya donde vaya. Y, lo que es más importante, mis amigos están aquí, con quienes he construido una ciudad de recuerdos e historias.

Estar enamorado es absolutamente irracional; puedes adorar todas las cosas negativas de una persona sólo porque son ingredientes esenciales para hacer de ese humano el ser que es. Siento lo mismo por Londres: este apestoso, abarrotado, hermoso y sobrevalorado agujero es mi hogar elegido. Y buen verano y hasta septiembre, cuando vuelva a escribir desde esta pocilga en la que me gusta vivir.