Querida, te echo de menos

Te echo de menos, querida. Muchos te desprecian, creen que eres una ciudad abarrotada, congestionada de ruidos molestos y muchedumbre con urgencia. Que sólo tienes soldados, palacios y tiendas de recuerdos. Que eres una residencia por infortunio, el sitio donde hay muchos quehaceres y de donde  uno se escapa cuando el tiempo abunda. Muchos te ven como un gran nubarrón ceniciento, peligrosa en las esquinas y salientes, abatida, casa de muchos y morada de pocos. Te echo de menos.

Lo admito. La primera vez que te vi me enamoré. Pienso a menudo en aquella primera expedición. Apenas tenía catorce años y ni sabía vocalizar bien ‘agua’ en inglés. Otras tantas he protestado y me he quejado por tus colas y por tu frío, empero pocas veces he querido olvidar tu existencia. También he despotricado tus avenidas monumentales, tus barriadas espaciosas y caras, tantos chaflanes donde no poder encontrar los besos que buscaba. Pero también he alabado a tu gente y a tus lugares. Es en tus callejones en los únicos en los que retardo la llegada a casa porque ya me siento en ella. Eso sólo me pasa contigo.

Tú siempre tan agradable, tan arreglada, tan apetitosa, tan risueña. He conocido tu noche, sé a qué hueles cuando todo el mundo duerme. Conozco tu día saturado. Pero conozco tu calma, esa que suena cuando las farolas alumbran y los camellos pasturan. La he buscado, la he necesitado y la he escuchado. Sé lo fácil que es dar con tus madrigueras cuando quiero hacerme impalpable.

Me has dado amigos, me has dado esperanza, me has dado un delirio incontrolable y una independencia inverosímil, me has dado añoranza, me has dado furia y la corpulencia necesaria para contenerla, me has dado voz y habla.

Desde un rincón distinto te escribo hoy, a altas horas de la madrugada desde un bus con destino casi desconocido pero ansiado, donde tomaré tanto aire como puedo para soltarlo en tus bronquios y asomarme, de nuevo, contigo, otra vez, porque sigo con gula y porque hace tiempo que dejaste de ser una metrópoli por contratiempo y te convertiste en algo más. Yo me escapo, pero vuelvo, porque te echo de menos. No vayas a olvidarte jamás de mí.

Me mata. Londres me mata. Me mata. 

*Artículo publicado en Diario de Mallorca (3/3/19)