Segundos libros

Algo que siempre recordaré porque, incluso más o menos a los 17 años, me hizo mucha ilusión fue cuando compré en eBay una primera edición de The Book of Bond: or Every Man His Own 007 de William (‘Bill’) Tanner por unos veinticinco euros cuando tanto en librerías y en otros anuncios de la plataforma de venta y compra no hay ningún ejemplar del libro de Tanner por menos de cien libras. Imagino que quien me lo vendió, que por cierto no lo había devuelto de una biblioteca municipal, no sabía la reliquia que tenía: el primer manual, escrito con mucho humor, para ser James Bond.

Tengo muchos libros. Los ejemplares me llegan de varias maneras: como regalos (el último hace unos días, 1894), como nuevos volúmenes de tapa dura comprados en librerías, como libros de bolsillo de última hora adquiridos en el aeropuerto o en cualquier librería de viejo, enviados a casa por editores y publicistas (¡gracias!), ofertas (o sin ser ofertas) de Amazon (no creo que ninguno de nosotros sea inocente de eso). También tengo algunos tomos de segunda mano.

El poema “A Life” (Una vida) de Sylvia Plath es una buena manera de describir los libros; Los libros tienen vidas. No hay dos personas que lean un libro de la misma manera: cada uno de nosotros aporta su experiencia a un texto. Lo emocionante de un libro de segunda mano es que uno sabe que al menos otra persona ha hecho precisamente eso. Si bien es posible que no tengamos una idea de cómo eso se desarrolló exactamente, sí tenemos una idea del viaje del libro. Tantas pistas… cada libro es una especie de caso que Sherlock Holmes podría descifrar. Tengo un libro con una frase escrita a mano a, seguramente, un amante (“Te quiero, cariño. C)” en el pliegue interno, ¿qué pasó con esa relación? Hace unos meses saqué uno de la biblioteca que tenía unas notas a pie de página apuntadas… ¿aprobó? Sus anotaciones aburridas sugieren que no, ¿qué ha pasado con ese estudiante? En una callejuela de Londres compré una primera edición de Sólo se vive dos veces con una postal de París entre la página cincuenta y la cincuenta y uno que salía dos tercios, ¿no terminó su anterior dueño la novela de Fleming? ¿Sería ese su capítulo favorito y por eso dejó ahí la foto? ¿Compró el libro en Francia o se lo llevó ahí de viaje?

Las páginas amarillentas por la luz del sol. El glorioso olor a humedad de los viejos clásicos. Un precio dado en chelines ingleses o en pesetas. Páginas pegadas por manos sudorosas. Páginas arrugadas por un vaso de agua derramado o por un desván húmedo. Arena entre las páginas consecuencia de una lectura vacacional en la playa. La chaqueta negra, casi gris, del pingüino representante de Penguin Modern Classics bellamente diseñada y aferrada por un pegote de pegamento al lomo del libro. O el lazo entrelazado ligeramente borrado de Alfaguara. O páginas separadas, pegadas con cinta adhesiva. La lectura es siempre gloriosa. Pero leer de vacaciones, en la playa, es algo especial. Cuando esté de nuevo en casa sabrá los libros que hicieron el viaje, con sus páginas húmedas y la portada descolorida.

También me encanta el olor de los libros nuevos, recién salidos de las impresoras y aún sin haber sido manipulados. Pero es la misma diferencia que comprar una camiseta nueva que unos vaqueros vintage: sabes que nadie ha salido a bailar toda la noche con tu camiseta de H&M. Sabes que ningua desconocida habrá rodeado con sus brazos a esa camiseta, llevada por otra persona.

Con un libro de segunda mano, puede leer un ejemplar que tal vez cambió la vida de una persona. Y ese libro podría cambiar también su vida. Tal vez lo dejará accidentalmente en algún lugar y transformará la vida de otra persona. O tal vez lo odiarán. Tal vez lo deje a un amigo que siempre recordará que lo ha leído gracias a usted.

De eso se trata al obtener un libro de segunda mano: obtienes dos historias en una.