James Bulger

Detainment, una película sobre el asesinato del pequeño James Bulger en 1993 ha sido nominada a un Oscar a pesar de las protestas de su madre, Denise Fergus. James tenía tres años cuando fue secuestrado por dos niños de diez años, Robert Thompson y Jon Venables, en un centro comercial de Merseyside, Liverpool. Lo torturaron, asesinaron y dejaron su cuerpo en una línea de ferrocarril, donde fue mutilado por un tren. 

La mayor parte de la película de treinta minutos recrea las entrevistas de la policía con los dos asesinos. La Sra Fergus ha pedido que la cinta sea descalificada de los Oscar mientras que una petición en línea apoyándola ha reunido más de 100.000 firmas (escribo el 7 de febrero). Mientras tanto, la actriz Tina Malone se enfrenta a desacato judicial por publicar unas imágenes recientes de Venables ya que hay una prohibición mundial de publicar cualquier imagen o dato que lo identifique tanto a él como Thompson, quienes viven con nuevas identidades desde 2001 cuando fueron puestos en libertad de prisión.

Desde que los humanos somos humanos ha habido muchos otros crímenes horripilantes: los asesinatos en serie de Fred y Rosemary West, los de Harold Shipman y de Peter Sutcliffe el “Destripador de Yorkshire”. El asesinato de un niño a manos de otro chiquillo tampoco es un hecho sin precedentes: en 1968, Mary Bell, de 10 años, fue condenada por homicidio luego de matar a dos niños en Newcastle.

Entonces, ¿por qué la muerte de James Bulger incita emociones tan fuertes y duraderas? En parte al horror de la tortura y de un homicidio que no puede explicarse por una enfermedad mental de los verdugos. Cuando hay un preso que se convierte en un espectáculo mediático, la idea de, por ejemplo, el tercer grado se convierte en una histeria pública que termina en manifestaciones y juicios populares. Las controversias y las disputas sobre la duración de las sentencias de Thompson y Venables involucraron al Tribunal Europeo de Derechos Humanos. En parte, esta reacción se debió los vídeos de las cámaras de seguridad en los que se ve a los matadores caminar con James de la mano hacía su muerte. También se debe a que la Sra Fergus dice cada vez que puede que su única razón para vivir es mantener a su hijo en la memoria publica. Lo logra porque muchos piensa que estos asesinos se están burlando del resto de nosotros. Este punto de vista se basa en la creencia de que la pena correcta para los crímenes más atroces es la pena capital y que, desde que se abolió, los asesinos deberían ser encarcelados por el resto de sus vidas, que deberían podrirse en la cárcel. Y lo mismo pasa con Marta del Castillo, los de la Manada, el pequeño Gabriel Cruz y un larguísimo etcétera. 

El deseo de una respuesta proporcional a un delito grave es intrínseco a nuestro concepto de justicia. Sin restricciones, esto puede convertirse en una regla de venganza y mafia. El sistema de justicia consagra la noción de una respuesta justa; la retribución considera otros factores que incluyen circunstancias atenuantes como enfermedades mentales o expresiones de remordimiento. También implican tratar a los presos con humanidad y de acuerdo al debido proceso. Tales restricciones transforman la venganza en justicia.

El castigo por crímenes atroces debe defender nuestra humanidad. El castigo por crímenes terribles debe defender nuestra benevolencia, no disminuirla. El continuo fermento sobre el asesinato de James Bulger sugiere que aún no hemos encontrado en el equilibrio.

*Artículo publicado en 7Setmanari (27/02/19)