Batalla en Invernalia

No suelo hablar en esta columna ni de cine ni televisión. Mejor dicho no suelo hablar de una película o una serie en concreto pero como soy yo quien escribe, lo hago sobre lo que quiero. Y hoy me apetece hablar de televisión, ya que ha hecho historia y nosotros hemos estado para vivirlo –y verlo. Ya les digo, además, que si desconocen quiénes son Tyrion y Cersei Lannister o Arya y Sansa Stark pueden parar de leer ahora mismo; sí saben de quién diantres hablo pero no han visto aún ‘La larga noche’ les recomiendo no continuar leyendo, para evitar odiarme.

Como les decía, apunten la fecha: 28 de abril de 2019. Brujas, zombis y dragones contra dragones y niñas guerreras… fue imposible no contener la respiración ante el último capítulo de Juego de tronos, el tercero de la última temporada, ecuador de una recta final que en la madrugada del Lunes alcanzó su cima sobre montañas y montañas de muertos. Fue imposible no chillar. Fue imposible no darse miradas cómplices con quien uno miraba el episodio. Una larga noche que culminaba con un amanecer que quedará en los libros de la pequeña pantalla.

La batalla, más de hora y media de sombras y gritos, se vivió con la intensidad épica de la Batalla de los Bastardos pero pasada por el crispante caos de la Batalla de Casa Austera y el fuego letal de Guardaoriente, tres de las grandes citas bélicas de Juego de Tronos que después de este episodio sólo parecen pasajes anecdóticos. Jon Nieve y Daenerys cabalgaron más allá de la tormenta subidos en sus dragones a la caza del Rey de la Noche y su bestia zombi mientras en la tierra el hielo y el fuego, la muerte y la vida, se encontraban por fin a las puertas de Invernalia. Todo era confuso y nítido a la vez. Se trataba de una batalla de sombras contra sombras. Los dothrakis, los inmaculados, las casas del Norte, los salvajes, Jaime Lannister, Lady Brienne…

El hilo conductor que abrió y cerró la batalla lo marcó el elegante paso de la Mujer Roja (fue, en España, un fin de semana tristemente rojo), que reaparecía montada a caballo en los primeros minutos para desaparecer fundida en el amanecer. No fue la única baja del episodio. Ser Jorah, extenuado por la batalla y herido de muerte, acabó su vida como merecía: en brazos de la mujer que amaba. La Madre de Dragones lloró su muerte. Y también murió Theon, en una escena de gran carga dramática que honraba el final de un personaje atormentado que pagó con creces su cobardía y errores.

¿Quién de nosotros no se retiraría, con los pantalones mojados, al ver la horda de los dothraki con sus espadas en llamas extinguiéndose una por una en la oscuridad desconocida? El poder en estas escenas está en lo que no ve

Fue un capítulo a la altura de tanta publicidad y meses de espera. Once semanas de rodaje, 55 noches a menos catorce grados, 750 personas en escena y 15 millones de dólares de presupuesto para el episodio más largo hasta la fecha. Con una realización impecable, nunca vista, sin un detalle mal calculado, con un guión que daba sentido a lo que hemos conocido hasta ahora, fue apocalíptico e infernal, con la nieve teñida de rojo. La pequeña Lyanna Mormont acababa sus días como la heroína que siempre fue. Con su trajecito de caballero se enfrentó sola a un gigante. Y cuando todo parecía ya perdido por el cansancio y el pánico, la valiente y letal Arya voló al cuello del Rey de la Noche 

Los supervivientes de la batalla se miraron incrédulos como yo miré a mis acompañantes sentados a las cinco de la madrugada delante del televisión en Norwich y sufriendo en silencio para no despertar a los dos pequeñines que ya estaban, lógicamente, en brazos de Morfeo desde hacía horas. Ahora, que no han pasado 24 horas desde el primer visionado, ya son tres las veces que hemos visto el capítulo. Esto es Juego de Tronos.