Esta maldita industria

A mediados de Agosto una amiga actriz me escribió un WhatsApp para preguntarme si estaba en Londres para ir a comer. “No, aún no. Vengo en una semana, el viernes, ¿pero pensaba que estarías de gira?”, le respondí yo ya que había visto en sus redes sociales que se encontraba ensayando una obra de teatro con la que recorrería Inglaterra hasta bien entrado el 2020. “Sí, yo también lo pensaba. Ensayamos felizmente durante las dos semanas programadas pero el viernes por la noche, los productores anunciaron que cancelaban la gira debido a problemas financieros y a la baja venta de entradas”, y añadió, “estoy devastada. He perdido el trabajo que me daría de comer hasta mayo, y de la noche a la mañana. No lo van a anunciar públicamente hasta el martes. Estoy increíblemente triste porque estaba tan emocionada… siento que era el papel perfecto, el de mis sueños”, concluyendo con un destructivo “Dios mío, ¡esta industria es tan dura.”

Casi todo el mundo cree que su trabajo es difícil. En la mayoría de los casos, lo es. Las dificultades que presenta cada profesión son diferentes. A menudo pensamos en el conjunto de habilidades involucradas en una ocupación en concreto y decimos “No podría hacer eso”.  Pocos quehaceres, sin embargo, son tan incomprendidos y complejos como el de un actor profesional.

Parte de esta subestimación se basa en una visión pueril de actuar como “el arte de mentir”. Es todo lo contrario. Una gran actuación se basa en el arte de decir la verdad, y decir la verdad puede ser agotador y difícil. Pero aquí está el problema: una buena interpretación también debe parecer natural y espontánea. Recordamos nuestras agradables experiencias de teatro escolar o dramaturgia amateur y pensamos “Yo podría hacer eso”, pero en realidad es como comparar el disfrute de ir a dar un paseo en bicicleta por un parque en un día soleado con la durísima vida de Miguel Induráin.

La parte que nosotros, el público, ve en el teatro, la tele o en una película es la parte divertida. Y eso es como debe ser. Sin embargo, la parte que no vemos es la dura y la que forma el 95% de la vida de un actor profesional: la preparación, los aburridos ensayos vocales y físicos de lunes a sábado, tardes de aprendizaje de párrafos y líneas y de trabajar en un bar de noche para poder comer, la constante decepción y rechazo en las audiciones, el auto-abuso emocional proveniente de explorarse a un mismo… Y todo esto generalmente por un salario mínimo o, muy a menudo, sin dinero de por medio.

La última vez que vi a otra conocida y actriz de profesión hablamod de cuando representó en Edimburgo una obra, basada en hechos reales, sobre una red de pedofilia. “¿Qué se siente al ensayar una escena en la que la policía te interroga como si fueras un presunto pederasta?”, le pregunté yo. “Bueno, en un buen día, cuando todo se juntaba parecía que era interrogada por la policía por ser una abusadora de menores”, dijo ella, “y luego me subía al autobús y practicaba mis líneas en mi cabeza mientras recreaba las escenas en mi mente, haciendo muecas, hasta que notaba que la gente a mi alrededor me está mirando y me daba cuenta de que estaba llorando a moco tendido, pensando en mi hijo y en esa historia.”

Cuando hace un par de años le pregunté al galardonado y reputado actor Andrew Scott cómo diantres lo hacía para aprenderse esos densos y complicados monólogos de Otelo, sonrió pícaramente y me dijo que esa era la parte más fácil. Pasar, en una escena de veinte minutos, de amar locamente a tu esposa a querer asesinarla es un poco más difícil. Coreografiar como matar a un compañero para luego hacerlo cada noche durante no sé cuántos meses, es un poco más difícil. Hacerlo mientras notas a su madre angustiada en la primera fila, es aún más difícil.

No estoy diciendo que ninguno de ellos se quejen de su profesión. Jamás lo han hecho. Sé que están pensando que incluso a pesar de todas las dificultades las recompensas son enormes. Y no estoy hablando ni fama ni fortuna, si lo hicieran por dinero se comprarían un billete de lotería y tendrían muchas más posibilidades de hacerse de oro. Me refiero a la capacidad de crear algo de la nada, de imaginar una cálida noche de verano de México DF y hacer que la gente dentro de un teatro londinense lo crea, como está haciendo mi amiga Finty ahora mismo en La noche de la Iguana; la oportunidad de tocar almas y hacerte pensar y soñar.

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Esta semana leo…