El profesor de Mercedes

Relataba Mercedes Marrero hace poco en su columna de este mismo periódico “La suerte de besar” que un profesor de —creo recordar— filosofía les decía que lo importante es la pregunta y no la respuesta para, finalmente, ella contarnos lo que preguntamos al Dios Google, una clara imagen de lo que nos preocupa. No es algo que hubiera pensado antes pero, por algún motivo, creía que eran las respuestas lo importante. Después de darle al coco intentando entender lo de decía el profesor de Mercedes, he cambiado de idea.

Las cuestiones parecen impulsar la creatividad. Se cultiva una mente abierta. Las preguntas que hacemos nos conducen a nuevos conocimientos. Las preguntas nos llevan a contestaciones que nunca consideraríamos sino hubiéramos planteado antes el interrogante.

Por supuesto, uno no puede simplemente hacer una interpelación tras otra sin pensar en las respuestas, sería insincero. Además, las preguntas conducen naturalmente a una consideración de las soluciones, lo que lleva a más preguntas, lo que lleva a más respuestas, lo que lleva a más preguntas. Ambas se mueven hacia adelante y hacia atrás, como la sierra de un leñador en un viejo roble, aserrando a través de los anillos con cada movimiento hacia adelante y hacia atrás hasta llegar al núcleo.


Puede que no valga la pena explorar todas las preguntas, pero por cada docena, hay una pregunta de oro que vale la pena. La duda nos lleva a una idea o respuesta que no habíamos explorado antes. Se necesita un poco de serpenteo hasta que encontramos “La Pregunta”, pero una vez encontrada, nos sorprende. Las preguntas son como barcos navegando por territorios desconocidos. Además, las respuestas pueden ser de muchos tipos: directas, profundas, filosóficas, sencillas. Si todo fuera fácil de saber, la vida sería más bien aburrida.

Por si fuera poco, sólo es cuando nos empezamos preguntar cuando nos damos cuenta de lo paletos que somos, de lo ignorantes que somos, de lo poco que sabemos aunque creamos saberlo todo. Si no me cree, piense en cuando un niño de corta edad le consulta algo (tipo porqué los pájaras vuelan o porqué el cielo es azul, por ejemplo)… ¿tiene usted, en teoría un adulto hecho y derecho, respuestas a sus preguntas, las de uno niño que a duras penas puede hablar? Me apuesto lo que quiera que no. Los humanos somos especialistas en olvidarnos que no sabemos las cosas, las respuestas, y, por si fuera poco, aprendemos y estamos acostumbrados a vivir sin saber esas cosas, esas respuestas. Vivimos de una manera casi mecánica, actuando por medio verdades y suposiciones, y sin información. Es que vivimos en la civilización de la desinformación.

Les aseguro que la cosa más banal y estúpida que se les ocurra puede plantear preguntas más que interesantes. Y sino, pregúnteselo al profesor de Mercedes –o a ella, que, junto a su compañera de pupitre, se pasaba horas pensando qué diantres preguntarle.

*Artículo publicado en Diario de Mallorca (04/01/19)