Divorcios y sentimientos

El Brexit es un puto desastre. Perdonen las palabras pero son las únicas que se me ocurren para describir la caótica situación, que no explicaré puesto que no dispongo ni de tiempo ni de paciencia. Si quieren saber qué pasa, lean a Celia Maza en El Confidencial. La gente quiere un segundo referéndum, el pueblo demanda ser escuchado —por segunda vez. Los ingleses han cambiado de idea y ahora parece ser que no quieren divorciarse de la Europa política, la que abre las fronteras, controla la leche, establece leyes y rescata si es necesario con un precio a cambio. 


Hace unos meses publiqué en el Diario de Mallorca, coincidiendo con una votación crucial en el Parlamento británico que no se llevó a cabo, el reportaje “Mallorquines ante el Brexit”, donde entrevistaba a cinco isleñas para conocer su punto de vista al respeto. Ninguna de ellas se mostraba muy intranquila por la situación pero tampoco completamente tranquila. Todas sentían una cierta incertidumbre por sus futuros, menos Cristina. Cristina, restauradora en la Isla de Sky (Escocia), decía que “pensar que el leave perdería era cerrar los ojos a un problema muy evidente”. Cristina formaba parte de un reducido grupo de españoles que apoyaban el Brexit. Escribo en pretérito porque el otro día vi que había compartido en Facebook una petición (que a día de hoy, 21 de Marzo, ha conseguido dos millones de firmas —me pregunto cuántas son falsas) pidiendo un segundo voto. Nadie nos dijo que la puerta de salidas del aeropuerto de Palma de Mallorca sería un embudo, especialmente durante las temporadas en las que más ingleses visitan la isla, debido a los nuevos controles de pasaportes.


Cristina ha cambiado de opinión. Ahora resulta que el marido de Cristina tendrá que hacer una cantidad indecente de papeleo si quire ir a Mallorca más de 90 días en un espacio de seis meses. A Cristina le da la sensación que no saben qué están haciendo, de todas formas, no le gusta que “Macron esté controlando la UE, ni que Juncker tenga tanto poder cuando no le ha votado nadie y mucho menos que Tony Blair esté aconsejando a Francia” porque eso en su pueblo “es traición”. En resumen, Cristina sigue pensando que la UE es “una mafia pesetera” pero no le gusta la opción caótica e inminente que presenta el Brexit. Cristina sigue pensando que un un divorcio total y duro es lo ideal pero sabe que sus consecuencias inmediatas serían infernales y lo descarta. Cristina ha cambiado de opinión, Cristina siente que le han contado milongas. Cristina siente que le han metido... ¿y cuántos más como ella? La opinión de Cristina no importa —con cariño, Cristina— porque ella no votó pero cuántos votaron y han cambiado de opinión y la suya sí importa. El problema es cambiar de opinión en hechos tan cruciales como es este, inédito hasta la fecha.


Les recomiendo ver la película Brexit: The Uncivil War en HBO, desconozco si está disponible en otras plataformas o en físico, protagonizada por el siempre magnífico Benedict Cumberbatch. Esa cinta le será suficiente —y nada aburrida o pesada— para entender porqué Cristina y otros millones de británicos ahora se sienten cansados (y así dice estarlo la misma Primera Ministra Teresa May), preocupados y con un voto distinto en mente. El Brexit es, señoras y señores, como esa noche en la que sale de fiesta y su amigo le dice “este sitio es una mierda, vamos a otro garito” y, además, lo chilla a todo pulmón; una vez fuera del bar resulta que no saben dónde ir y el segurata no les deja entrar de nuevo. La situación actual del Brexit es ese momento en una separación en la que ha pasado un tiempo y se encuentra a las 2 de la madrugada sentado en la calle discutiendo de quién de los dos ha sido la culpa, porque todavía hay sentimientos. El jodido Brexit es como ver quemar tus libros por gente que ni sabe leer.