Bolsas

El otro día comí con mis amigos Nathalie y Tom. “Cincuenta bolsas  repartimos ayer, y porque no teníamos más…”, se lamentaba ella. Cuando sus obligaciones se lo permiten, durante los fríos meses de invierno londinense Nathalie y Tom consiguen tantas bolsas de agua caliente como pueden y las distribuyen por Londres a los a los menesterosos, a los que tienen la desgracia de vivir en la maldita calle, a merced de los elementos y de otros humanos ––a menudo peores que las temperaturas bajo cero. En esta ciudad las distancias son largas y yo sabía que ellos no viven donde hacen el reparto, en el centro, así que mi curiosidad me hizo preguntar como lo hacían para que las bolsas se mantuvieran calientes: resulta que piden a cafeterías y restaurantes de comida rápida si se las pueden rellenar, y casi siempre acceptan. Me pareció fantástico.

De vuelta a casa, pienso en las veces que me he lamentado por no haber encendido el radiador o por sólo haberme puesto un suéter y no dos y el pinchazo insiste. Pienso en las veces que me he alegrado porque el mercurio bajaba, pienso en las veces que me he alegrado por sacar los abrigos del ropero y  pienso en las veces que me he alegrado por hacerme una bola protegido por el nórdico, pienso en las veces que me he alegrado por ese abrazo que dura un poco más de lo fijado y pienso en las veces que me he alegrado por sentir calidez porque a mí, en realidad, lo que me gusta del frío es el calor, esa búsqueda perenne por encontrarse en las madrigueras que construimos para no sentirnos expuestos. Y el aguijonazo crece.

Pienso ahora en aquellos que Nathalie y Tom intentan cuidar hasta donde pueden, esa faena con los imperceptibles, con los invisibles. Siento pena e iría; dos emociones que se lían, que ocupan una gran parte de mi cuerpo contra la que no puedo luchar y que no me permite caminar derecho. Lo que no entiendo se hace hueco dentro de mí hasta que lo solvento. Este maldito mundo cada vez me pesa más.

Tom me cuenta relatos que me suenan tan lejanos que vuelvo a pensar en este frío estúpido que me gusta porque no pienso en los que lo sufren con él. Y el guantazo es más fuerte.

¿Quién puede escapar de eso? ¿Quién puede asegurarme que mis vástagos no tendrán que nacer en otros países, que no tendré que ir a un albergue que me dé un colchón, que no tendré que lanzar a mi bebé al mar y meter mi casa en una bolsa de plástico? ¿Quién puede decirme que eso no va a suceder? ¿Quién puede decirme que no está pasando? El sopapo duele cada vez más.

*Artículo publicado en Diario de Mallorca (03/02/19)