Aguacate en un ‘brave new world’

Una generación no es una generación hasta que todos la odian. Bueno, eso es lo yo pienso. La primera vez que me di cuenta de que formaba parte de una pandilla de extraños con una identidad colectiva común fue hace unas semanas al leer un artículo escrito por un cincuentón en un dominical sobre lo horrible que somos los de mi generación, los millennials. Nos describía como narcisistas, ‘hijos de’, sin obligaciones ni preocupaciones e hipersensibles. Las generaciones anteriores intentan abatirnos, sólo porque nos movemos y hacemos ruido. Y porque todos queremos ser grandes triunfadores o incluso superestrellas sin sudar ni una gota. Y, también, porque compartimos en exceso. Ah, y por las las tostadas con aguacate y atún. 

Desde que publiqué mi primer libro en verano de 2016, con 15 años, he perdido la cuenta de cuántas veces periodistas (y no periodistas) me han pedido, de diferentes maneras, cómo un millennial había hecho algo. Un aclamado crítico cinematográfico inglés me dijo, muy serio, que era la primera persona que conocía de menos de 20 años (en ese momento yo tendría 18 o 19) que había hecho algo que mereciera la pena. He escrito en alguna ocasión que siento que he nacido demasiado tarde, como cuando se estrenó la película de Queen, o que habría pegado más en el Carnaby Street de 1969, pero afirmar esto quiere decir que pertenezco a la generación ideal. Una de las primeras reglas del club millenial es que nadie quiere estar en el club. Somos irremediablemente nostálgicos por los tiempos en que no existíamos. De mí iPhone de última generación suenan canciones como ‘Dear Mr Fantasy’ de 1968 o ‘Bohemian Rhapsody’, la lista de reproducción “Born too late” (‘nacido demasiado tarde’) creada por mi amigo también veiteañero es una de mis favoritas en Apple Music y escribo este y todos los artículos en mi ordenador portátil MacBook con reconocimiento dactilar usando la tipografía Rockwell tamaño 12 al ser la más parecida a la de las antiguas máquinas de escribir electrónicas aún usadas por Don Javier Marías. 

Soy tan millennial como los que iban a clase conmigo. Realizo operaciones bancarias con HSBC, y probablemente lo haré por tanto tiempo como esté en Inglaterra, por el solo hecho de que reglaban cupones descuento de Amazon. En más de una ocasión he saludado a alguien diciendo “No me conoces, pero te sigo en Instagram” y estoy en contra de la descarga o compra ilegal de películas, canciones y demás pero me molesta tener que pagar si quiero regalar una copia de mi libro. Soy un milenario sobreestimulado y con exceso de sensibilidad.


Todo esto está bien, supongo, hasta que cumples 20 años y comienzas a preguntarte qué nos sucederá cuando entremos en la siguiente fase, en los 30. En mi cabeza, los millennials no crecíamos. En mi cabeza nuestros predecesores siempre nos hablarían con preocupación, confusión y lástima, pero ahora he empezado a darme cuenta, como todas las generaciones anteriores a mí, de que envejecemos como colectivo y como individuo. Sin embargo, hay una cosa que conecta a la mayoría de la Generación Y: fuimos la primera que colonizó el mundo virtual. El Internet para los millennials es lo que los Beatles para los baby boomers (la generación de mis abuelos), ¿pero que pasará con nuestras cosas en la nube cuándo dejemos atrás dicha juventud?

Justo cuando asumí que los millennials siempre comeríamos aguacate, me dí cuenta que la mujer de la Generación X (la de mis padres) siempre ha sido sensata en el trabajo y ha vivido en casas enormes y ahora se emborracha con vino tinto caro. Pensaba que los hombres de la Generación X siempre habían sido tipos malhumorados que no saben cómo usar WhatsApp pero ellos también tuvieron su década. Ellos también fueron astutos e imprudentes y tomaron decisiones que hicieron que los boomers se rascaran la cabeza con consternación. La Generación X creció como también lo hacemos los de la Y y lo harán los de la Z y seguidos por los de la T. Luego está nuestra incapacidad para comprometernos —sentimos inquietud cuando saltamos de una pestaña a otra en Google o en las aplicaciones de citas que hojeamos como un catálogo humano de El Corte Inglés, abrumados y desnutridos por un atolladero sin horizonte de personas en bañador. ¿Seguiremos sufriendo de FoMo (‘miedo a perderse algo’) y Yolo (‘sólo se vive una vez’) y otras aflicciones causadas por pedir demasiado poco de la vida? ¿O nos convertiremos en jefes, padres, compañeros y cónyuges cómo si fuéramos copos de nieve que después de muchas horas llegan a cuajar en la calzada?

No hay nada que reúna a un grupo de gente como otra de nueva. Los adolescentes ahora tienen otro nombre: son la Generación Z. Y tal vez, antes de lo que pensamos, tendremos el placer de analizarlos de una manera preocupada, tal como lo hicieron los X con los míos. Las geraciones son una cosa tranquilizadamente prosaica, jerárquica y predecible.

Estoy seguro de que algún día hablaré con nostalgia sobre este momento; quizás tenga 50 años y aparezca en un suplemento de fin de semana vestido con una sudadera verde pistacho, unos vaqueros claros y mis deportivas Nike negras posando con un par de tostadas con aguacate como si fuera un boomer con una lata de leche evaporada. Mientras tanto, seré un adulto ex milennial en un ‘brave new world’ (“mundo feliz”).