¿Qué diría Victor Hugo?

Me niego hablar de Notre Dame. A estas alturas, todos ustedes habrán leído miles de artículos sobre el tema y habrán visto cientos de fotos y vídeos del devastador incendio. Me niego a decir 'Je Suis Quasimodo' como me negué a afirmar que era Charlie Hebdo o Juana Rivas, eso ni ayuda ni desayuda a nadie. Me temo que mi bajo grado de postureo tampoco me permite compartir fotos ñoñas en Facebook, Instagram y WhatsApp que ni yo he tomado y antes ya han sido compartidas por su vecino y el mío.

Pensando en la ciudad del amor, quiero hablarles de fuego, agua y cultura. Trump escribió en su Twitter que deberían haber lanzado agua desde el aire, usando aviones, para acabar con las llamas pero lo que no sabe el americano anaranjado es que el agua podría provocar una enorme catástrofe, aún mayor que el fuego —como el órgano, que por la presión del agua de los bomberos se ha visto dañado. La catedral de León, que se incendió en 1966, se salvó precisamente porque no se vertió agua sobre la piedra. Es preferible dejar quemar la madera y la pizarra que rociar el mineral ya que esto provocaría que los poros absorberían el líquido, aumentando el peso del canto provocando un derrumbamiento. Así se salvó la de León.

La obra cumbre del gótico cuya edificación comenzó en el año 1163 y se completó en 1345, había presenciado sangrientos episodios bélicos, la muerte en la hoguera del noble Jacques de Molay, la Revolución Francesa, la coronación de Napoleón como emperador de Francia, la beatificación de la guía militar Juana de Arco y dos guerras mundiales, entre otros acontecimientos históricos.

El valor de la catedral de París es (¿era?) incalculable. Es (¿era?)la identidad de los franceses. Es (¿era?) la catedral de los reyes de Francia, que después de la Revolución pasó al pueblo.

El incendio de Notre Dame, el monumento más visitado de Europa, no es el derrumbamiento de la aguja añadida en el siglo XIX. Son sus reliquias, cuadros, vidrieras y archivos. Notre Dame es un símbolo de la cristiandad y por ende, de la historia del mundo y de la humanidad, que ha pasado a ser convertida en cenizas ante un nuevo tiempo en el que el arte, la cultura y la historia han dejado de interesar a nuestra sociedad.

La privilegiada Europa, en la que las necesidades básicas están cubiertas, ha creado una generación de indeseables personajes que creen merecerlo todo, cuando en realidad, no merecen nada. Por eso se mofan escribiendo cosas como «la única Iglesia que ilumina es la que arde», «en llamas un símbolo del patriarcado», «qué pena que no ardan los curas dentro», «gente llorando porque se quema una Iglesia», «Quasimodo se queda sin casa ja ja ja» y demás comentarios (que algunos califican como humor), propios del típico amargado y trastornado que odia su triste existencia.

El problema no son sus comentarios, el verdadero drama es que son ellos los que ponen y quitan gobiernos. Ellos, a los que los medios de comunicación manipulan con suma facilidad. Ellos, que se pasean a diario entre auténticas maravillas históricas a las que ni siquiera se detienen a observar porque están demasiado ocupados mirando su teléfono móvil para comprobar cuántos likes acumula el último ridículo selfie que se han hecho. Ellos, que buscan informarse a golpe de tweet y se tragan cualquier mentira. Ellos, los que jamás se preocuparán por saber nada del mundo que les rodea. Ellos, la personificación de la ignorancia, la incultura, la decadencia y la nueva era repleta de estúpidos que jamás merecerán vivir en un continente tan rico como Europa.

Ahora tienen una semana para estrujarse los sesos y decidir a quién vota el próximo domingo. Vote a quien vote, asegúrese que no sea uno de ellos. Tiene 168 horas a partir de ahora mismo para decidir quién es de esos y quién no —quién es un mentecato y quién no. Una tarea ardua, espinosa y compleja. Y mucho. Le deseo suerte.

*Artículo publicado en Diario de Mallorca