Odio los correos electrónicos

Odio los correos electrónicos. Odio enviarlos y odio recibirlos. Odio tener que ser cortés y decir “Ten un buen día" cuando sólo quiero responder con un sí o un no. Odio que la gente se refiera al día de la semana con un “Espero que tengas un buen martes” o “Deseándote un buen miércoles”, cuando en realidad estas sutilezas anodinas sobre el paso del tiempo sólo me hacen pensar en nuestro final e inminente muerte. Odio haber sucumbido a escribir "Saludos, L" al final de cada correo electrónico para demostrar que estoy demasiado ocupado y soy demasiado importante para teclear las siguientes tres letras de mi nombre.

Odio los correos electrónicos que flotan como basura incombustible en el Mediterráneo y son evidencia de más de una década usando la misma dirección @gmail. Odio que, sin saber cómo y durante más de seis meses, recibiera correos mensuales sobre un hospital del Londres al que ni he ido ni al que tengo intención de ir (¡toco madera!). Odio haber recibido miles de mails electrónicos de la Casa Blanca informándome de todas las decisiones de Trump, las tontas y las cuerdas. Odio tener en la bandeja de entrada todos los discursos de la reina Isabel II y su corte entera, desde Meghan a no sé qué Conde. Odio recibir las ofertas diarias de Zara, Mango y H&M, entre otras muchas marcas. Mi email es un recordatorio de todos los errores que he cometido, de lo pesado que en ocasiones he sido y de las personas insufribles que he conocido. Mi Gmail es mi propio Museo Británico de momias digitales de fracaso, éxito y vergüenza.

Odio que alrededor del correo electrónico se haya creado una cultura en la que creamos que tenemos el derecho de recibir respuesta en todo momento. Odio que el email se haya convertido en un diálogo constante en el que ningún día ni fecha sirve de excusa para no responder. En más que un momento he intentando evitar a toda costa el maldito email enviando lo que tenía que entregar por adelantado, alertando a mis amigos, colegas, profesores y “jefes” que me iba de vacaciones, básicamente he garabateado con sangre “No me contactes durante las próximas dos semanas” en la puerta de mi casa. Y, sin embargo, mientras estaba tomando el sol en una playa mallorquina o de senderismo por campos ingleses he recibido un WhatsApp (siendo estas una de las razones por las que ahora tengo desactivadas las notificaciones de esta aplicación de mensajería) diciendo “Oye, ¿recibiste mi correo electrónico? Necesito una respuesta”.

El correo electrónico ha eliminado por completo el concepto de “desconexión temporal”, de “descanso”, de “excursión”, de “escapada de finde”, de “libertad”, de “desaparición”, de “pausa”. Ahora estamos, todos nosotros, en una prisión de eternos y resplandecientes píxeles en blanco y negro repleta de “saludos cordiales”, “perdón por molestarte” incluso cuando no te sabe mal y de “por favor, piense el medio ambiente antes de imprimir este email” cuando quien escribe dicha frase no recicla en su hogar.

Creo que el aumento y auge del correo electrónico significa un retroceso de la humanidad. Seguramente no necesitamos hablar tanto como lo hacemos de absolutamente todo. Seguramente las únicas preguntas que necesitan una respuesta inmediata son si apagar la máquina de soporte vital de un familiar o qué cables se cortan para evitar la detonación de una bomba. Seguramente nadie necesita una respuesta hoy mismo a saber si iré a comer en dos semanas.

Tomar una decisión no debería necesitar treinta y cuatro mensajes. Deberíamos seguir la ética de trabajo escandinava y reclamar la autonomía individual —anteponer el instinto al puñetero correo electrónico. No es necesario intercambiar tanta información a una velocidad intensísima todo el tiempo. Además, creo que es poco saludable.

Comencé una nueva dirección de correo electrónico hace un par de meses. Hice un Lord Lucan (quien desapareció después de, presumiblemente, cometer un asesinato) electrónico, pero sin matar a nadie. Me levanté en mitad de la noche, cogí mi móvil y comencé una nueva vida en el sereno paraíso tropical de una dirección email diferente. Ahora, cuando no reviso mi bandeja de entrada durante un par de horas (¡o días!), tengo cinco correos en lugar de 75. Me siento libre. Mi siguiente paso es reemplazar el correo electrónico por una máquina de fax. Creo que todos deberíamos intentarlo, entonces nos daríamos realmente cuenta de cuándo necesitamos estar en contacto con alguien y cuándo no.

*Artículo publicado en Diario de Mallorca