Misivas francas

Nadie ignora (mejor dicho: todos han olvidado) que las cartas manuscritas, esas escritas a mano, fueron una vez reinas y señoras de la conversación entre ausentes. Piénselo un momento: ¿cuánto hace que no escribe una carta o que nadie le escribe una a usted? El meteórico avance de las nuevas tecnologías parece haber erradicado de nuestras vidas este hábito tan cotidiano en otras épocas y que sirvió para decir infinitas cosas. 

Los mensajes de texto, WhatsApp y emails jamás tendrán eso que tienen las cartas convencionales: el perfume del papel y la tinta, las cosquillas en el estómago cuando se reconoce en el remitente la letra de alguien que está lejos, el tener que usar la lengua para pegar el sello, el ruidito de la hoja cuando se desdobla al sacarla del sobre... todo eso es una carta.

Carta es sinónimo de esa magia imperecedera que queda además como registro para las generaciones que vienen. Que lo diga la princesa Margarita de Inglaterra y sus afanes purificadores, que la llevaron a quemar todas las cartas que la Reina Madre había escrito en los últimos 10 años de su vida para que no trascendieran detalles de los escándalos palaciegos. O el mismo Frank Sinatra, que hizo de sus esquelas una suerte de manual de la elegancia (“mi regla básica es el puño de la camisa extendido dos centímetros por arriba de la chaqueta”, le escribió a una amante). Pero tal vez no exista cultor más grande del género que Julio Cortázar, quien solía sorprender a sus amigos con textos cargados de poesía. En una de ellas, el autor de Rayuela le dice a Roberto López: “esto no es una carta, es una tortuga. Me escribiste el 20 de agosto, y ya ves cuándo te contesto. Pero las tortugas —que son enormísimos cronopios— siempre tienen explicaciones satisfactorias, y ahí va la mía, que, como si fuera poco, es más bien triste. Enjugo una lágrima y te digo que estoy bastante enfermo, cosa siempre escandalosa entre los cronopios”. Por eso, vale la pena recordar estos textos a la hora de escribir un amistoso mensaje a alguien que está en otras latitudes. Y luego está Victor Hugo que, desde el exilio envió (y recibió) la carta más breve cuando escribió a su editor “?” para saber cómo iban las ventas de su libro Los Miserables y éste le respondió con un simple “!”.

Las misivas son el modo más íntimo y profundo de conocer a quienes las redactaron. Textos escritos con la franqueza que da el hecho de no estar destinados a ser leídos por otros más que por el receptor.