Clase de historia en 2050

Usando la última tecnología, tengo en mis manos un libro de texto del año 2050. Y no es muy halagador.

Siempre es extraño cuando los políticos afirman que sus proezas (?) formarán parte de los libros de historia. Es como si un actor, en medio de la película, intentará convencer a los críticos de lo buena que es su actuación. Esta práctica cobró un significado aún más surrealista cuando Theresa May, ahora ya ex Primera Ministra de Reino Unido, pidió que consideráramos lo que los libros dirían sobre la desastrosa votación de su acuerdo para la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea.

Si como yo siente usted curiosidad por saber cómo serán los libros de texto de su hijos o nietos, entonces tengo buenas noticias porque me las he arreglado para simular el tema dedicado al 2019, llamado “La era de los gritos, la estupidez y los llantos con emoticonos”. Así es como se nos recordará en 50 años…

De esta manera empieza la introducción: en 2019, Gran Bretaña era mucho más grande ya que incluía Escocia, Irlanda del Norte y Gales, y Norwich (actual Reino Submarino debido al cambio climático) todavía estaba por encima del nivel del mar. La gente era sencilla y creía en supersticiones misteriosas: pensaban que el cáncer podía curarse si suficientes personas se dejaban el bigote en noviembre (Movember) y que Trump dimitiría si era insultado a través de Twitter. Estas tonterías fue confirmadas por la cultura pop de la época: la canción más popular de Navidad trataba sobre construir una ciudad con miles de salchichas (‘We Built This City… on Sausage Rolls’), la estrella de Instagram fue un huevo y el pasatiempo más popular era vendarse los ojos y ponerse al volante (Birdbox). Si quiere imaginarse cómo era vivir en esta era, busque la maquinilla de afeitar más cara del supermercado y échela al inodoro mientras grita: “¡Que te jodan, Gillette!”

Muchas cosas tontas ocurrieron durante esta época, pero la más absurda fue, sin duda, el Brexit. Todavía nadie sabe con seguridad qué significa, aunque la definición más acertada y que menos discusión provoca entre los expertos es la de “Gran Bretaña abandona la Unión Europea”. Los matices se han perdido durante el tiempo: algunas fuentes dicen que era dejar la unión aduanera, otras “menos personas de raza marrón”. En 2019, afirman los historiadores, debía tener una definición clara, ya que un gobierno nunca llevaría a cabo algo que afectaría a la vida de 70 millones de personas basándose en una palabra vaga con cuyo significado nadie podría estar de acuerdo.

¿Pero cuándo empezó esto? A principios de 2010, el gobierno británico llevó a cabo una política de “austeridad” mediante la cual el dinero que se destinaba a causas hoy tan vitales como escuelas, hospitales y vagabundos, se destinaron a un hombre llamado Fred Goodwin (Director Ejecutivo del Banco de Escocia entre 2001 y 2009). Las personas hambrientas cuyo dinero fue a Goodwin se enfadaron y comenzaron a buscar a los culpables. Fueron alentados a apoyar el Brexit por Nigel Farage, quien se hizo famoso en la década del 2010 por beber cerveza y vocear despropósitos que hacían que todos se sintieran mejor. Los medios de comunicación del momento (la caja tonta, periódicos, Internet y radio) informaban de sus gilipolleces en un fallido intento de algo llamado “libertad de expresión e igualdad” (ver definición en apéndice) y más gente le creyó. En 2016, el primer ministro, David Cameron, decidió dejar que el país votará sobre dichas sandeces, ya que era más fácil que intentar convencer al pueblo de que eran eso, disparates. Cuando perdió, Cameron dimitió, empezó a correr y trató de escribir un libro.

Pero… ¿quién es Theresa May? Pues la Primera Ministra de 2016 a 2019. Durante este período, tuvo la oportunidad de rectificar los muchos errores de su predecesor y de abordar los problemas de la sociedad británica que llevaron a la votación del Brexit. Si hubiera logrado esto, habría sido recordada como una de las mejores ministras de todos los tiempos. Desafortunadamente, May es hoy famosa por activar el artículo 50 sin un plan, llamar a votaciones parlamentarias, negociar un acuerdo sólo unos pocos meses antes de la fecha límite, perder el voto por un margen masivo en lo que se conoce como el mayor fracaso parlamentario de la historia del país y finalmente dimitir –mucho más tarde de los que realmente debería haberlo hecho.